sábado, 3 de diciembre de 2016

Fusilada: M.F.K. Fisher

MFK Fisher en su cocina. Paul Fusco - Magnum

¿Por qué se ha comentado tan poco la publicación de este libro maravilloso? ¿Por qué no se ve en las librerías colombianas promocionado con pompa, por qué no han preparado en la tele algunas de las recetas despampanantes que contiene? El arte de comer se publicó en castellano por primera vez hace un año, y deberíamos estar celebrando desde entonces. Con un banquete, por ejemplo, para ser consecuentes. Porque este libro es eso, una celebración, un banquete extraordinario de memorias, prosa, evocación, exaltación de los sentidos, canto a lo más bonito de la vida, a los momentos significativos. Tristes y dichosos, porque todo es condimento en ese espacio yermo entre comida y comida que algunos llaman vida.

Mary Frances Kennedy Fisher llevó a otro nivel la escritura sobre cocina, comida, el acto de comer. En español solo se conocía Sírvase de inmediato, publicado por editorial Anaya hace muchos años. El arte de comer contiene además ¡Ostras!, Mi yo gastronómico, Cómo cocinar un lobo y Un alfabeto para gourmets. De los cinco libros que contiene este volumen, lo más decantado del estilo de M.F.K. Fisher está en Mi yo gastronómico, publicado originalmente en 1943 con revisiones posteriores. De ahí tomo el episodio que escogí para antojarlos de conocer y disfrutar este libro perfecto para las vacaciones.


La medida de mi capacidad
1919

[…]
Mi abuela, que curiosamente parece mi conexión con todo lo que yo sabía sobre gastronomía infantil, pasó los últimos treinta años de su vida a punto de morir de alguna oscura dolencia interna hasta que un ataque de apoplejía acabó con ella en cuatro días. Era una mujer enérgica, hermética, con las emociones reprimidas, y probablemente tenía un “estómago nervioso”. Pasaba mucho tiempo en sanatorios, a menudo realmente enferma, y cuando estaba en casa, todos teníamos que seguir sus normas dietéticas, puede que para provecho nuestro: nada de fritos ni pasteles, nada de aceites ni aliños.

Los médicos de la abuela, una señora elegante y digna, le habían aconsejado que eructara cuando le apeteciera, y ella lo hacía… Soltaba unos largos y voluptuosos eructos pantagruélicos, donde fuera y en el momento que fuera, de modo que quien no la hubiera conocido habría creído que nuestra mesa era un lugar de disfrute. Y lo fue, al menos durante unas semanas. Todo el tiempo en que Ora estuvo con nosotros.

Ora era una mujer delicada, de pelo gris, introvertida y muy reservada. Se tomaba las tardes y los domingos libres sin incidente ni comentario y mantenía su pequeña habitación pulcra como su persona. El resto del tiempo lo pasaba en una especie de éxtasis en la cocina.

Le encantaba cocinar, de la misma forma que a algunos les encanta rezar, bailar o luchar. Prefería que la dejaran sola, incluso para hacer los pedidos, y siempre dejó claro que las comidas eran cosa suya. Y yo recuerdo esas comidas entre las mejores que he degustado en mi vida…, todo lo que siempre nos habían servido para comer pero presentado de unas formas que nos desconcertaban y nos deleitaban.

La abuela no la soportaba. No conozco la razón concreta, evidentemente, después de tanto tiempo, pero creo que era porque Ora distaba mucho de las chicas simpáticas y estúpidas que ella consideraba adecuadas para las cocinas de las casas de clase media. Y con la “comida sencilla y buena” Ora hacía cosas que la convertían en emocionante, nueva y deliciosa, lo que en aquel severo ascetismo de mi pobre abuela significaba que Ora estaba equivocada.

“Come lo que te pongan delante y muéstrate agradecida por ello”, repetía a menudo la abuela; es decir: “Acepta lo que Dios ha creado y tómalo con humildad y sin experimentar un placer pecaminoso”.

La abuela afirmaba ser incapaz de tocar la mayoría de los platos que Ora traía a la mesa. Sus eructos se hicieron cada vez más implacables y acabó viviendo a base de arroz, agua y tomate hervidos con pan blanco.

—Esta chica te destrozará —le dijo un día a mi madre cuando un lunes presentó el típico picadillo en un nuevo y delicioso camuflaje.

Pero el presupuesto no variaba, confesaba mi madre.

—No pasará una semana que no tengamos a las niñas en cama —comentó la anciana, malhumorada. Pero nosotras gozábamos de mejor salud que nunca.

—Cada vez se comportan peor en la mesa —observó la abuela entre eructos. Y era cierto, si uno se creía lo que le habían enseñado a creer a ella y a millones de anglosajones desventurados: que había que consumir los alimentos sin comentarios de ningún tipo y sobre todo sin alabanzas o señales de goce.

Mi hermana Anne y yo, durante las semanas que Ora estuvo en casa, nos dedicamos a observar cada uno de los platos que servía y a especular con emoción el sabor que tendrían. “¡Madre mía!”, exclamábamos entre la angustia y la fruición. “¡Estrellitas hechas a base de tarta! ¡Con semillas por encima! ¡Qué bonito! ¡Qué bueno!”

Mamá iba sintiendo cada vez más vergüenza y se ponía cada vez más seria; al fin y al cabo, era mi abuela quien la había educado. Habló con nosotras aparte y nos dijo que los niños no tenían que hacer comentarios sobre la comida, sobre todo cuando las podía oír la cocinera.

—Nunca os habíais comportado así —exclamó, admitiendo que no había habido razón para ello, hasta entonces.

Nos contentamos con unas miradas silenciosas de felicidad compartida y, casi estoy convencida de ello, una mayor conciencia de las posibilidades que ofrecía la mesa.

Yo era muy joven, pero recuerdo que observé, sin que me viera, por supuesto, que la carne picada con cuchillo es mejor que la destrozada por una picadora; también que son mejores las hierbas aromáticas recién picadas, que el apio cortado fino tiene otro sabor que el del tallo entero, de la misma forma que las zanahorias en finos bucles y las tostadas en forma de media luna resultaban infinitamente más apetitosas que las cortadas en gruesos cachos o en dados.

Aprendí también otras cosas menos evidentes sobre la utilización de condimentos aparte de la sal y la pimienta, sobre el peligro de la monotonía… Cosas de este estilo. Pero lo que queda claro es que casi todas mis observaciones tenían una relación u otra con el cuchillo de Ora.

Casi todo lo hacía con él: cortar, trinchar, trocear y picar, e incluso lo utilizaba para dar la vuelta a las cosas en el horno, como si fuera una especie de prolongación de su mano. Era un cuchillo largo con una brillante punta curva. Lo trajo consigo el primer día y se refería a él como el cuchillo francés. Otra cosa que no le gustaba de ella a mi abuela; le parecía algo siniestro lo de tener un cuchillo “francés”, llevarlo con ella a todas partes, como si fuera algo vivo, y pasarse horas limpiándolo y afilándolo.

Una señora llamada Kemp aparecía todos los sábados por la mañana para lavar el bonito y blanco pelo de la abuela y a veces el nuestro, y con esto hablaban de Ora. La señora Kemp un día dijo que no volvería a entrar a casa por la cocina. Dejó claro que no le gustaba “aquella chica”. Ora la asustaba, siempre sentada con aquel aire altivo, afilando el maldito cuchillo.

Así pues, la señora Kemp entró a partir de entonces por la puerta de adelante, y Anne y yo permanecimos calladas, como buenas chicas, aunque con la boca entreabierta, como pajaritos hambrientos, a la hora de las comidas, mientras mi abuela eructaba en son rebelde y mi padre y mi madre no recuerdo lo que hacían, aparte de comer.

Llegó un domingo en que, después de pasar el día libre, Ora no volvió con su típica y distante seriedad. Mi madre esperaba un bebé pronto y mi abuela le comentó:

—¿Lo ves? ¡Esta chica se ha subido a la parra! Lo que no quiere es estar en casa con una enfermera.

Mi abuela estaba contenta como unas pascuas, y aquella noche cenamos lo que probablemente era su plato favorito: galletas hechas al vapor con leche caliente.

Pero al día siguiente descubrimos que Ora, en lugar de marcharse de casa de su madre después de un tranquilo y agradable domingo en el que las dos habían ido a la iglesia y después a descansar, la había troceado con el cuchillo francés.

Luego hizo trizas una tienda. No sé qué papel tenía la tienda en todo aquello… Puede ser que las dos mujeres hubieran ido a descansar allí. En realidad es algo fácil de destrozar.

Seguidamente, Ora se cortó las venas de las muñecas y del cuello con gran habilidad. La policía dijo a mi padre que no habían encontrado ni una sola marca o muesca en el cuchillo.

La señora Kemp, y probablemente también mi abuela, se sintieron satisfechas.

—Tenía un presentimiento —dijo la señora Kemp mucho después de que desapareciera Ora.

No sé cómo lo vivieron mi padre y mi madre, pero a Anne y a mí aquello nos deprimió mucho. A nuestras edades, la forma de morir nos afectó poco, pero lo que sí lamentamos fue la inevitable vuelta a la comida sosa y corriente. En aquellos momentos no podíamos hacer nada, pero de Ora la loca aprendimos bastante y gracias a ella ahora sabemos aplicar los conocimientos que nos transmitió.



Lo fusilamos de: M.F.K. Fisher, El arte de comer, Barcelona, Debate (Penguin Random House), 2015, pp. 374-378. Traducción de Marcelo Cohen y Carme Geronés.



miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh



Este libro condensa en muchos de sus párrafos y en todos sus capítulos dilemas éticos de la mayor importancia para el ser humano, así como perspectivas filosóficas frente a la vida y la muerte, reflexiones sobre la medicina y la vocación, la familia, el dolor y la esperanza. El doctor Marsh expone su brillante carrera sin esquivar sus errores, algo que no suelen hacer los médicos, mucho menos los de especialidades sofisticadas como la cardiología o la neurocirugía, que es la del doctor Henry Marsh. 

Cada capítulo nos revuelca todas las emociones posibles, tal como puede hacerlo cualquier episodio de una serie televisiva contemporánea sobre médicos y hospitales —o sobre cualquier otra cosa: ya es un lugar común decir que lo mejor de la dramaturgia se está escribiendo ahora para televisión—. Pero en este caso el revolcón emocional es mejor, más intenso, porque el autor va más al fondo, porque sabemos que es real, y porque estas memorias son el examen de conciencia y el acto de contrición de un escritor de primera: “ahora que me acerco al final de mi carrera, siento la creciente obligación de dar testimonio de las equivocaciones que he cometido en el pasado, con la esperanza de que mis discípulos aprendan a no repetirlas”, señala en la página 196.

Así, lo vemos ir y venir entre su casa y el hospital en bicicleta a lo largo del libro; lo vemos abrir todos los días el cerebro —¡el cerebro!— de dos o tres personas y hablar con los familiares de esas personas sobre las perspectivas o los resultados de esas operaciones; asistimos a sus discusiones y bromas con Gail, su secretaria, y a las reuniones cotidianas en la mañana con el equipo de Neurología de un gran hospital londinense. Y rondando siempre por ahí están la muerte, la discapacidad, el dolor. Este señor todos los días toma sobre la marcha decisiones que marcan la diferencia entre la vida y la muerte, o entre un organismo en la plenitud de sus funciones y uno con alguna discapacidad. Todos los días de su vida. Y en alguien con un poco de sensibilidad, eso pesa toneladas: “Empezar puntual, con todo donde debe estar, los paños quirúrgicos colocados de la manera exacta y el instrumental pulcramente dispuesto, es un método fundamental para calmar el pánico escénico quirúrgico”, leemos en la página 59. Y más adelante: “con cualquier cirugía, la cuestión consiste en un equilibrio de riesgos, tecnología sofisticada, experiencia y destreza… y un poco de suerte” (62).

Cada capítulo lleva por título el nombre de alguna enfermedad, malformación o accidente neurológico, y adentro encontramos, entre otras historias, la del caso que le da título al capítulo. Personas entre los 30 y los 40 años, en plena construcción de una carrera, una familia y una personalidad en el mundo, con hijos o padres o esposos, de pronto empiezan a sufrir fuertes dolores de cabeza, o problemas de habla, o de visión, y terminan en el consultorio del doctor Marsh. Niños o niñas que corretean en el patio del colegio de pronto están en su mesa de operaciones desangrándose. Personas que se ven convertidas en “historias clínicas, pues así se llaman esos relatos de catástrofes repentinas o tragedias terribles que se repiten todos los días, año tras año, como si el padecimiento humano no tuviera fin” (32-33).

El doctor Marsh viaja recurrentemente al pasado, a sus años de formación. Ahí radica parte de su sabiduría y de la tremenda compasión que despliega en estas memorias: no olvida nunca quién es, de dónde viene, qué ha aprendido. La compasión es su sabiduría: debería serlo en todos los médicos sin importar su especialidad. En el capítulo titulado “Leucotomía”, por ejemplo, comienza sentado en un pequeño cuarto que tienen los cirujanos al lado del quirófano, descansando entre operación y operación, mientras recuerda sus días como auxiliar de enfermería en la sala de psicogeriatría de un hospital: “Llegar al trabajo a las siete de la mañana para enfrentarse a una sala con veintiséis ancianos incontinentes postrados en la cama puede considerarse todo un aprendizaje, como también lo era lavarlos, afeitarlos, darles de comer, sentarlos en el orinal y sujetarlos con correas a la silla geriátrica. […] Aquel fue un trabajo deprimente y con pocas compensaciones, en el que aprendí mucho sobre las limitaciones de la generosidad humana, especialmente de la mía” (148).

Este es un libro que nos muestra, con el lujo que sólo dan los detalles bien dispuestos, momentos duros de la vida de personas que podríamos ser nosotros, nuestras parejas, nuestras hermanas, y lo hace con compasión y humildad, con viveza y gracia, con precisión e inteligencia. Es notable la manera en que logra que uno se divierta y entretenga en medio de historias tan difíciles. Eso sólo puede hacerlo alguien que sabe tocar las delicadas cuerdas de la prosa y la dramaturgia. Felizmente, es el caso del doctor Henry Marsh.




Henry Marsh, Ante todo no hagas daño, Barcelona, Salamandra, 2016. Traducción de Patricia Antón de Vez.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Fusilado: Richard P. Feynman



Premio Nobel de Física en 1965, Feynman fue un científico afable y sabio, preocupado por el mundo real y, digamos, “funcional”: una presencia que rompe con el estereotipo del científico despelucado y mal trajeado siempre con la cabeza en otra parte. En todas sus intervenciones públicas mostraba una excepcional claridad y una pícara ironía, por lo cual era muy solicitado por los medios para que diera declaraciones sobre ciencia, educación, imaginación y política. Sus campos de interés abarcaron desde la termodinámica cuántica hasta los bongoes: fue un intérprete dedicado de este instrumento  durante toda su vida —alguna excentricidad tenía que tener, al fin y al cabo era un científico teórico.
Su hija Michelle Feynman extractó fragmentos de discursos, cuadernos personales, entrevistas, libros y cartas y las reunió en un libro delicioso titulado La física de las palabras, de editorial Crítica, que encontré en la Librería Nacional del centro comercial Andino de Bogotá. Dejo algunas citas para antojar a los visitantes de esta página a mirar el libro y tenerlo al alcance de la mano para hojearlo y sorprenderse de vez en cuando. Cordialmente invitados a leer.



Si vas en la misma dirección que todos los demás, tienes toda una multitud de gente a la que tienes que adelantar.
  

--
No sé nada, pero lo que sí sé es que todo es interesante si uno lo aborda con la suficiente profundidad.

--
No te desesperes ante los libros de texto estándar y aburridos. Simplemente cierra el libro de vez en cuando y piensa en lo que dice en tus propios términos, como una revelación del espíritu y una maravilla de la naturaleza. Los libros te dan hechos, pero tu imaginación puede proporcionarte vida. Mi padre me enseñó cómo hacerlo cuando yo era un muchachito sobre sus rodillas, ¡y me leía la Encyclopaedia Britannica!


--
Aprendí muy pronto la diferencia entre saber el nombre de algo y saber algo.


--
No es la filosofía lo que me molesta, es la pomposidad. ¡Si al menos se rieran de sí mismos!


--
El mundo es una confusión dinámica de cosas que se menean.


--
Los dos, padre e hijo, tendríais que pasear al atardecer y hablar (sin propósito alguno) sobre esto y aquello. Porque su padre es un hombre sabio, y pienso que el hijo también es sabio porque tienen las mismas opiniones que yo tenía cuando era padre y también cuando era un hijo. Desde luego, estas no coinciden siempre, pero la sabiduría más profunda del hombre mayor crecerá a partir de la atención concentrada y enérgica del más joven. Paciencia.


--
Yo nunca pienso ‘Esto es lo que me gusta, y esto es lo que no me gusta’; yo pienso: ‘Esto es lo que es, y esto es lo que no es’, y si me gusta o no me gusta es realmente irrelevante, y lo he sacado de mi pensamiento.


--
Sucedió que las notas que yo tomaba en los congresos no fueron nunca demasiado útiles para nada, y ya no tomo notas en los congresos.

--
Me agradó hojear su revista Science and Children, pero creo que debo rechazar su invitación para escribir un artículo para la misma. Entiendo que mis talentos son mucho mejores en la línea de bailar y de ser acompañante que de escribir artículos para una revista de este tipo.


--
Y la vulgaridad de nuestra época, tan lamentada, es una vulgaridad que solo puede ser paliada por el arte, y con seguridad no por la ciencia sin arte. El arte y la poesía pueden recordar a la mente la belleza, y hacer gradualmente que la vida sea más hermosa.


--
Ahora que estoy quemado y nunca lograré nada, he conseguido esta magnífica posición en la universidad, dando clases con las que disfruto, y de la misma manera que me gusta leer Las mil y una noches por placer, me dedicaré a jugar con la física, siempre que quiera, sin preocuparme en absoluto de su importancia.

--
Una de las herramientas mayores y más importante de la física teórica es la papelera.


--
No me parece que este universo fantásticamente maravilloso, esta tremenda extensión de tiempo y espacio y diferentes tipos de animales, y todos los diferentes planetas, y todos estos átomos con todos sus movimientos, etc., toda esta cosa complicada pueda ser meramente un escenario para que Dios pueda contemplar a los seres humanos luchando por el bien y el mal… que es la visión que tiene la religión. El escenario es demasiado grande para el drama.


--
Los científicos son exploradores; los filósofos son turistas.


--
El problema con hacerle una broma a un hombre muy inteligente como el señor Teller es que el tiempo que pasa desde que se da cuenta de que hay algo que no funciona hasta que comprende exactamente qué es lo que ocurrió, es tan condenadamente reducido que no le da a uno ningún placer.


--
Yo, un universo de átomos, un átomo en el universo.


--
Todos los que asisten a una conferencia científica saben que no van a entenderla, pero quizá el conferenciante lleve una corbata bonita y coloreada que poder contemplar. ¡No es este el caso!


--
Es grato ser honrado por los amigos y vecinos. Sin embargo, he descubierto que ganar premios siempre ocasiona algunos inconvenientes y obstáculos. Tuve que ir a Suecia para aceptar un premio, y tuve que levantarme a las 7 de la mañana para aceptar otro.



--
Es bastante fácil inventar una teoría hablando.



--
Por lo tanto, no tengo mucho que decir. Pero de todos modos hablaré durante un buen rato.


--
La paz es una gran fuerza para el bien o para el mal. Cómo pueda serlo para el mal, no lo sé. Lo veremos, si acaso alguna vez logramos la paz.


--
Me parece que hay una especie de independencia entre los puntos de vista éticos y morales y la teoría de la maquinaria del universo.


--
Desde entonces no presto ninguna atención a nada de lo que digan los “expertos”. Lo calculo todo yo mismo.




Lo fusilamos de: Richard P. Feynman, La física de las palabras, editado por Michelle Feynman, Barcelona, Crítica, 2015. Traducción (floja) de Joandomènec Ros.


miércoles, 5 de octubre de 2016

Así nacen los mitos


¿Qué tiene qué ver la erupción de un volcán en una isla del Pacífico con Frankenstein y Drácula? Todo, según el narrador de esta novela. La erupción de ese volcán, inédita en la historia de la Tierra por su poderío, produjo un invierno prolongado en casi todo el mundo en 1816, por lo que se le conoce como el año que no tuvo verano. En el norte de Europa, en Ginebra, cuatro personajes se encuentran por diferentes azares del destino en una villa durante la larga noche invernal de junio de ese año. Se trata de los poetas Percy Shelley y Lord Byron, el médico de este último, John William Polidori, y la novia de Shelley, Mary Wollstonecraft. Allí, mientras esperan a que pase la tormenta, leen piezas literarias de fantasmas tomadas de un viejo libro alemán. Byron, el terrible, propone que cada uno de ellos escriba su propia historia de horror. Ya conocemos el resultado: John William Polidori escribe El vampiro, una versión temprana del muerto en vida que luego inspiraría a Abraham Stoker para componer su Drácula, y Mary escribe su Frankenstein o el moderno Prometeo. En la misma casa, en la misma fría noche de tres días, nacen dos mitos modernos.

Esta es una novela intelectual —por momentos es un ensayo, un libro de viajes, unas memorias, un informe de investigación—, reflexiva, pero no por ello poco fascinante. En la urdimbre de dos mitos modernos y la investigación que sigue el narrador hay peripecia y emoción. La emoción que provoca ir descubriendo hechos, eventos a medida que se avanza en una búsqueda. Una especie de trama policíaca sin víctima ni victimario: el detective, que es el narrador, va uniendo pistas, encontrando evidencias. ¿De qué? De ese encuentro entre poetas en una villa algo fantasmagórica de Ginebra. De esos dos grandes motivos de la literatura contemporánea que nacieron al mismo tiempo. Del camino que va del romanticismo al gótico. De la entrada del mundo en una era moderna cuyo destino más terrible pareciera ser la automatización de la vida.

Al tiempo es una reflexión sobre la creación artística, sobre la manera en que infinidad de eventos se confunden y combinan para que un ser humano tocado por la inspiración cree un mundo de ficción perdurable. “¿Cuándo comienzan realmente las cosas? ¿Es toda invención una reinvención, todo hallazgo un recuerdo, y la vida el cumplimiento de un relato que ya oímos de niños junto al fuego?” se pregunta el narrador en la página 288.

La frase suena grandilocuente, pero es cierta al menos para mí como lector: con esta novela, la literatura colombiana tiene esperanza de volver a alcanzar el calificativo de universal. Es una obra ambiciosa, inteligente, poderosa. (Ay: cuánta ambición le falta a la literatura colombiana contemporánea. Pero ese es otro tema.) Está animada por la poesía y el respeto por la palabra y la tradición literaria. Es Literatura, así con mayúscula.


William Ospina, El año del verano que nunca llegó, Bogotá, Penguin Random House, 2015.


Una versión de este comentario con pequeñas variaciones apareció en el boletín 73 de la estupenda librería Libélula, que puede leerse pinchando aquí.